La toxina botulínica, conocida popularmente como bótox, se ha mantenido en el centro de la polémica durante la última década. Su abuso entre ciertas figuras públicas o la proliferación de versiones falsificadas están detrás de la mala fama de esta sustancia química. Pero es innegable su eficacia, rapidez y gran aceptación en el sector de la medicina estética. Basta consultar a cualquier clínica o especialista tratamientos cara para comprender la alta demanda que sigue recibiendo en España y el resto del mundo.
Las inyecciones de bótox, que en principio se utilizaron para corregir trastornos musculares y oftalmológicos, se aplicaron con fines estéticos a partir de la década de los noventa. Una combinación de mala praxis y exceso por parte de las celebridades ha alimentado toda clase de titulares sensacionalistas en torno a esta sustancia química, cuyos beneficios no están exentos de inconvenientes. Por ejemplo, la asimetría facial o la caída del párpado son efectos secundarios muy reales.
No obstante, este tratamiento antiaging sigue gozando del favor de los médicos estéticos por diversas razones. Su tasa de éxito supera el noventa por ciento, siendo extremadamente alta en comparación con otros procedimientos. Además, es menos invasivo de lo que pueda pensarse y tampoco requiere anestesia (el frío local y la pomada anestésica son suficientes para adormecer la zona).
Asimismo, los resultados de la toxina botulínica son visibles en el curso de siete a diez días, pero su duración es temporal, lo que mitiga el drama cuando los efectos no son los deseados.
En prueba de su versatilidad, esta solución estética permite no solo tratar las líneas de expresión y las patas de gallo, sino que también previene las arrugas profundas. Sus otras aplicaciones no son menos admirables: alivia la distonía cervical, disminuye la inflamación neurogénica, evita la migraña crónica, etcétera.