Trabajar en un restaurante Monte do Gozo durante el verano no es simplemente un empleo de hostelería; es ser el último testigo del cansancio y la primera cara de la victoria. Cuando el sol de julio aprieta sobre Santiago de Compostela, el restaurante se convierte en un hervidero de lenguas, aromas y emociones contenidas que estallan al ver, por fin, las torres de la Catedral a lo lejos.
Mi jornada suele empezar con el frescor engañoso de la mañana gallega. Mientras preparo las cafeteras, veo pasar a los primeros valientes que quieren llegar a la Plaza del Obradoiro antes de que el calor sea insoportable. Pero el verdadero caos —ese que te acelera el pulso y te hace olvidar las horas— llega a partir de las doce. El comedor se llena de mochilas polvorientas, bastones de madera apoyados contra las paredes y esa mezcla de olor a protector solar y esfuerzo físico.
Servir mesas aquí requiere una psicología especial. El cliente no es un comensal cualquiera; es alguien que lleva dos semanas caminando, que tiene ampollas en los pies y el corazón a flor de piel. He aprendido que un vaso de agua fría servido con una sonrisa rápida puede significar el mundo para un peregrino italiano que apenas puede articular palabra, o para una familia alemana que celebra haber llegado unida a la última etapa. Mi trabajo es ser el puente entre su fatiga y su recompensa.
Lo más duro, sin duda, es el ritmo frenético de agosto. Los platos de caldo gallego y las raciones de pulpo vuelan de la cocina al salón. Mis piernas se resienten tras ocho horas de ida y vuelta, sorteando mesas y traduciendo mentalmente menús del día. Sin embargo, hay algo eléctrico en el ambiente que te empuja a seguir. Es la euforia colectiva. A veces, en un momento de pausa, miro por el ventanal y veo a un grupo abrazándose entre lágrimas tras coronar la colina. En ese instante, el peso de la bandeja parece desaparecer.
Al terminar el turno, cuando el sol empieza a caer y el bullicio se calma, me quedo un momento contemplando el horizonte. El Monte do Gozo me ha enseñado que el verano no es solo vacaciones; es un desfile constante de historias de superación. Mañana volveré a ponerme el delantal, lista para ser parte, una vez más, del último gran aliento del Camino.